Hay un momento, casi siempre silencioso, en el que dejamos de desear. No de golpe. Se apaga despacio, como una luz que alguien va bajando de intensidad mientras seguimos cumpliendo con todo lo demás.
Lo veo todo el tiempo en las mujeres que llegan a mí: agendas llenas, responsabilidades cumplidas, una vida que "funciona" desde fuera. Y por dentro, una pregunta que casi nadie se atreve a decir en voz alta: ¿qué es lo que yo realmente quiero?
El deseo no es un lujo
Solemos tratar el deseo como algo secundario. Primero las obligaciones, después — si queda tiempo — lo que a una le apetece. Pero el deseo no es decoración: es información. Es tu cuerpo y tu sistema nervioso diciéndote hacia dónde está tu energía vital. Cuando lo apagamos durante años, no desaparece. Se acumula como cansancio, como irritabilidad, como esa sensación de estar viva a medias.
Desde la neurociencia sabemos que el deseo y el placer están directamente conectados con nuestra capacidad de regulación emocional. No es casualidad que las mujeres que más se exigen sean, muchas veces, las que menos permiso se dan para disfrutar. Y desde los saberes ancestrales, el deseo siempre se entendió como fuerza vital, no como capricho.
Cómo empieza el regreso
No hace falta un cambio radical de vida para empezar. Hace falta algo más incómodo: prestar atención. Notar qué te genera curiosidad en lugar de obligación. Qué te hace decir que sí desde las ganas, no desde el deber. Volver a habitarte con deseo empieza por preguntas pequeñas, hechas con honestidad, sostenidas en el tiempo.
En el Método ORIGEN trabajamos exactamente esto: crear el espacio seguro para que esas preguntas dejen de dar miedo. Porque no se trata de desearlo todo de golpe. Se trata de recordar que tienes derecho a desear — y que ese derecho no se negocia con nadie más que contigo misma.
Si esto te remueve algo, no lo ignores. Esa incomodidad suele ser la primera señal de que algo en ti quiere volver a encenderse.

